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Chespirito, el Shakespeare Chiquito

Chespirito ha sido una de las figuras más importantes de la televisión latinoamericana. El creador de El Chapulín Colorado y El Chavo, llegó a tener una audiencia de 300 millones de personas y sus programas se transmitieron en América, Europa, Asia y África. Su fama es tan grande que hay quienes la comparan con la de Mickey Mouse. Actualmente, Roberto Gómez Bolaños vive tranquilo en su casa de Ciudad de México, dedicado a escribir su autobiografía, uno que otro poema, y a acordarse de su glorioso pasado.

Roberto Gómez Bolaños, el Shakespeare chiquito -de ahí su sobrenombre, pero castellanizado de "Chespirito"-, es un hombre de estatura pequeña que jugó al box para quitarse su complejo de chaparro. Comenzó a escribir casi sin querer... queriendo, para utilizar una de sus frases. Ni en sus mejores sueños imaginó el éxito abrumador que representarían sus personajes y series.

Ahora tiene 71 años. El paso del tiempo comienza a marcar su rostro y su cuerpo. Ya no oye bien con el oído derecho, por ejemplo. Se ríe de sí mismo y dice que quizá -dado que es también miope y su sentido del gusto quedó un tanto atrofiado después de tanto fumar, hábito que dejó de un día para otro -su sentido más desarrollado podría ser el tacto. "Habría que preguntarle a Florinda (Meza, su esposa), claro", dice con una sonrisa. Se sienta con el oído izquierdo del lado de la entrevistadora, también de la grabadora y pide que las preguntas sean hechas un poco más fuerte de lo normal.

Su vitalidad, sin embargo, permanece completa. Es un hombre amable, que agradece cosas tan nimias como que fue Agustín P. Delgado, productor de cine, quien le comenzó a decir Chespirito.

Vive en una discreta casa -un tanto oscura y llena de relojes y antigüedades- en la colonia del Valle, zona de clase media de la ciudad de México. Ahora pasa sus días escribiendo lo que quiere, libre de la presión de la entrega cotidiana de la televisión. Eso sí: se sienta frente a su computadora, con disciplina, todos los días. Se despierta temprano, duerme una siesta por la tarde. Ahora está concentrado en escribir una autobiografía comentada, poemas (casi siempre en verso) y quizá trabajando La reina madre, obra de teatro que tal vez se convierta en comedia musical sobre la madre de Charles Chaplin, uno de sus ídolos, a quien gusta de imitar en pequeñas reuniones.

Sale una o dos veces a la semana para comer con alguno de sus seis hijos y sus doce nietos. En la noche suele ver documentales. Ya no ve los noticiarios. Dice que le provocan angustias y en ocasiones, coraje. Sólo a veces ve sus propios programas en la televisión, que en México se transmiten 15 veces a la semana en dos diferentes canales a las 15, 15:30; 18 y 20 horas, y que siguen teniendo, para estupor de los críticos de televisión, una de las audiencias más altas. Lo acompaña siempre Florinda Meza, compañera de televisión y su segunda esposa, mujer que comenzó a querer casi desde que la vio en un pasillo cuando ensayaba un monólogo para u programa en el que entonces participaba. Se llamaba, cosa curiosa, La media naranja.

Roberto Gómez Bolaños nació el 21 de Febrero de 1929. Su padre, Francisco Gómez Linares, murió cuando él tenía seis años. Sus otros hermanos, Francisco y Horacio, tenían ocho y cinco. Su padre era dibujante, retratista (en su tiempo le encargaron que hiciera un cuadro de la esposa de Emilio Portes Gil, presidente de México que ocupó en los años veinte). Francisco Gómez era un hombre simpático y bien parecido que "se bebió todo lo que se ganó". Además, solía actuar y disfrazarse a escondidas. En ese tiempo dedicarse al mundo del espectáculo era muy mal visto. "Seguro que le hubiera gustado ser actor", dice Gómez Bolaños.

Cuando murió Francisco le dijeron a él y sus hermanos uno de tantos eufemismos que se usan en México: "Tu papá se fue al cielo".

"No entendía muy bien, aunque me explicaron", dice Gómez Bolaños. "En la casa había una pequeña jardinerita en la ventana que daba a la calle y me sentaba ahí a que llegara mi papá. Me cuentan que estuve en la jardinerita meses esperando a que llegara, hasta que me di cuenta de que no sería así".

Su madre, Elsa Bolaños Cacho, era una mujer extraordinaria. Quedó viuda a los 32 años, con tres hijos. Había vivido en Nueva York, cuando en México se gestaba la Revolución Mexicana, y hablaba inglés perfectamente. Se volvió secretaria bilingüe y trabajó durante muchos años en Petróleos Mexicanos.

A fin de asegurar el ingreso para sostener a su familia, Bolaños Cacho comenzó a construir una suerte de pequeño edificio de condominios: con locales comerciales en la planta baja y tres departamentos en los pisos superiores. Ella y sus hijos habitaban uno y recibían renta por los demás. Pero algo salió mal, su madre no pudo con los gastos y el banco se quedó con la propiedad. Se fueron a vivir en las accesorias comerciales.

"Mi mamá ponía una cortinita muy barata para tapar la construcción de hierro", dice Gómez Bolaños. "Nos bañábamos con agua fría, ¡que era horrible! Ya luego se consiguió un calentador. Primero la luz nos la volábamos con un diablito... así vivíamos. Pero mi mamá era tan sensacional que nunca me di cuenta de que andábamos pobres. Nunca me compró una bicicleta, un tren eléctrico, pero nunca me faltó una pelota. Fui súper feliz. Ella se mataba trabajando, de eso me di cuenta después".

Chespirito, que suele escribir en verso, cuenta una anécdota al respecto que después volvió poema y que hace llorar a Florinda cada que lo lee. Era Navidad y Chespirito y sus hermanos fueron a buscar regalos bajo el árbol... pero nada había. Después fueron a casa de su tía y abuela, quienes vivían a cuadra y media, con la esperanza de encontrar algo para ellos. Su tía, Eva, una mujer que llama con cariño "la Thatcher" por lo dura, no les escatimó la verdad: Santa Claus no existía, era su padre y como ahora no estaba, no había dinero y, por lo tanto, tampoco juguetes. "Híjole, a esa edad se siente regacho", dice Chespirito, "pero mi mamá nos dijo: "¿Cómo de que no hay? Vengan". Fuimos al Centro Mercantil y nos compró algo, soldaditos, cochecitos. Luego nos regañó la tía: ¡Cómo hacen eso, su mamá estaba guardando ese dinero para comprarse un fondo que no tenía y ustedes se lo quitan!"... Esa era mi mamá. Entonces mi poema dice: "Mamá, para mí, la Nochebuena eres tú".

Gómez Bolaños siempre está moviéndose. Su mano derecha pasa por sobre la izquierda, acaricia, presiona una cicatriz que le provocó una bala de salva que le traspasó la mano. Fue en una ocasión cuando, en el estudio, interpretaba a un indígena, recuerda. No se está quito. Si no son las manos, tamborilea los pies. Dice que necesita sentirse.

Estudió ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero no acabó la carrera. No era bueno para estudiar. Comenzó a trabajar como creativo de la agencia de publicidad D'Arcy. Luego hizo programas de radio y televisión. En los años cincuenta entró a Televisión Independiente de México (TIM, competencia de Televisa hasta que fue comprada por ellos). Fue el guionista de dos de los programas más vistos en ese momento: Cómicos y canciones, con Viruta y Capulina, y luego El estudio de Pedro Vargas. En 1968 le ofrecieron su primer programa. Se llamó El ciudadano Gómez. Ahí comenzaron a nacer algunos personajes que luego se harían famosos. El primero de todos fue El doctor Chapatín, quien originalmente no era doctor en medicina, sino académico que participaba en una mesa de crítica de las poses de los intelectuales, con quien siempre se ha peleado.

Gómez Bolaños dice que tiene un romance con la Ch, de ahí que muchos de sus personajes comiencen con esa letra. Primero fue coincidencia, luego alguien se lo hizo notar y lo buscó, lo hizo su sello personal. Creó poco después a El Chapulín Colorado y luego a El Chavo.

"Con El Chapulín Colorado quería hacer, guardando las proporciones debidas, lo que hizo Cervantes cuando abundaban y hostigaban las novelas de caballería", dice Gómez Bolaños. "Quería hacer una sátira de los superhéroes, Batman, Superman... y situarlo en Latinoamérica. Le puse Chapulín porque es náhuatl, una palabra mexicana porque amo a mi país, aunque no soy un nacionalista..., el nacionalismo es un arma de la demagogia, conduce a cosas como Hitler".

Que fuera rojo -o colorado- fue una coincidencia. Hubiera querido que fuera verde, pero no se pudo por razones técnicas, por el fondo -o croma, dicen en la televisión- que impide el uso de ese color, como el azul. La decisión, entonces, estribó en hacerlo blanco, negro o rojo. Luego vendrían muchos más: El Chavo; Chaparrón Bonaparte, Los Chifladitos, La Chilindrina, La Chimoltrufia, El Chómpiras por supuesto las pastillas de chiquitolina y el Chipote Chillón.

La letra Ch parece perseguirlo. Ahora, por ejemplo, participa en una campaña para ayudar a Hogares Providencia, fundados por el padre Chinchachoma, que protege a niños de la calle. Lo patrocina una marca de lácteos llamada Chipilo.

Para Gómez Bolaños es muy importante escribir con un humor blanco, que no haga daño a nadie. Eso se lo hizo ver un día Emilio Azcárraga Milmo, el mismísimo "Tigre". Ante su rotundo éxito reflejado en ser el número uno de audiencia en todo país -al menos latinoamericano- donde se transmitía, un día el dueño de Televisa lo mandó llamar a su oficina.

Serio, le dijo: "Mira, un punto de rating equivale a un estadio Azteca y medio (con capacidad para 100.000 espectadores). Diez puntos son 15 estadios Azteca. A ti te ven, semanalmente, 300 millones de personas... ¿No te sientes orgulloso? Pero más que orgullo te tiene que dar un miedo terrible, porque tienes una responsabilidad de 300 millones de personas. Tú no debes hacerle daño a una persona, menos a 300 millones. Tú sabes lo que te quiero decir: tenemos un arma poderosa como la chingada".

Este éxito se traduce en un poder real en el reino de los escritores en México. Por ejemplo, en la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), su voto -estimó algún día Víctor Hugo Rascón Banda, actual director de esta asociación- equivale a "medio teatro lleno Wilberto Cantón ocupado por dramaturgos, poetas, novelistas y guionistas de cine y radio". Los votos de los miembros tienen un peso relativo según las regalías. Los miembros actuales de esa organización dicen que un antiguo presidente, José María Fernández Unsaín (quien por cierto se convirtió en su consuegro, porque un hijo Roberto se caso con Chantal, la hija que Fernández Unsaín tuvo con la actriz Jacqueline Andere) suspiraba de alivio cuando lo veía llegar. Bastaba convencerlo a él para que casi cualquier iniciativa tuviera muchas más probabilidades de aprobación.

Aún así, Gómez Bolaños siente un desprecio por los escritores serios, por así decirlo. Si bien es cierto que sus textos y personajes han dado la vuelta al mundo, en México sigue enfrentando críticas hasta por su formación. A finales de la década de los setenta, después de cinco años de que se comenzó a transmitir El Chavo del Ocho, Carlos Monsiváis escribió en la revista Proceso que "la serie se sostendrá finalmente sobre un solo gag: el adulto que visto y habla como niño. El público acepta la serie por la sagacidad (voluntaria e involuntaria) de la industria de la conciencia que demanda el encumbramiento de la banalidad y, para ello, convierte en humorístico lo que parece redituable. O te ríes de lo que te propongo como graciosísimo o no te ríes de nada". En 1984, Enrique Krauze, uno de los historiadores más reconocidos, declaró lo siguiente: "Detesto particularmente las series para niños: he hecho esfuerzos desesperados para levantar a mi hijo de la lona mental donde, lunes a lunes, lo tiende Chespirito".

En los años noventa y principios del nuevo siglo, la crítica parece haber cedido. El mismo Krauze le dedicó un programa de televisión de su serie México, nuevo siglo (que se transmite en un canal de Televisa), en el que recorría su trayectoria personal y profesional.

Hay, claro, estudiosos de los medios que siguen pensando igual que antes, como Raúl Trejo Delarbre, director de Etcétera. Chespirito, dice, "es un actor de recursos histriónicos, que ha trabajado y no se durmió en sus laureles, pero hizo un estereotipo. Contribuyó al empobrecimiento de las opciones culturales, la vulgarización del lenguaje".

Gómez Bolaños no disimula el enfado cuando habla de lo mal recibido que han sido, por la clase intelectual mexicana, lo mismo sus programas que sus obras de teatro. Dice que para evitar guardar resentimientos, cuando ve que alguien escribió sobre él tapa el nombre del redactor. Si habla mal, no lo lee; si habla bien, sí.

"Me gusta mucho leer, sé que manejo bien mi idioma", dice. "Y me peleo con los intelectuales porque ¡el chavo, cómo va a saber escribir! Sé que escribo mejor que algunos de esos intelectuales o pseudointelectuales. De todas maneras hay algo en lo que me ganan totalmente: en conocimientos acerca de la literatura. Yo leo historia y leo cosas que me enseñen. ¿Novelas? Me aburro. Un día discutía con Eugenio Aguirre, compañero de la Sogem que maneja la sección literaria. Discutíamos. Él, quien es novelista y amigo mío, me dijo no sé qué de Proust y Joyce. Yo le dije: "No he leído ni a Joyce ni a Proust". "¿¡Cómo!?", exclamó. Y le contesté: "No es porque no lo haya intentado, sino porque me aburrí terriblemente". Me dijo que no podía escribir sin haberlos leído. Y respondí: "Seamos parejos. Si yo no he leído a Joyce; Joyce nunca me leyó a mí... ¡así que al demonio, ni discutir!".

Gómez Bolaños tiene calculado -al menos hasta hace unos meses, cuando fue motivo de un homenaje por parte de Televisa- que ha escrito, sin contar borradores, unas 60.000 cuartillas para televisión. Habría que añadir a eso poemas y otros textos. Lo dice sin tapujos: "Me da mucha envidia (Juan) Rulfo que con dos libros logró tanta fama... y a mí me ha costado 60.000 cuartillas. A veces me duele un poco, un poco... porque ha caído en la resignación, pero no una resignación dolorosa. Será que el éxito no se perdona. Algo hay de eso. Yo le decía a Hugo Sánchez: "ya no metas goles, no te lo van a perdonar, y menos tan bonitos... México es tremendo".

Tímido, casi escondido tras unos lentes que son grandes para su rostro, ahora Gómez Bolaños se encuentra escribiendo su autobiografía, algo que durante muchos años pensó que no haría porque pensaba que no tenía mucho que contar. "Fuera de la separación de la mamá de mis hijos", dice, " y todos los problemas que implicó eso y las culpas..., no soy ni narcotraficante ni consumidor de narcóticos ni alcohólico, ¡ya hasta dejé de fumar! Soy heterosexual totalmente, no he robado ni matado a nadie. Para una biografía pensaba que mi vida sería la cosa más aburrida. He tenido suerte, he trabajado mucho, pero eso a la gente no le importa leerlo. Le gusta leer: "mira, aquí se lo cargó el pintor"...".

Pero dos cosas le hicieron cambiar de opinión. La primera fue darse cuenta de que, por su mismo trabajo, había sido testigo de importantes acontecimientos de México y del mundo. La segunda, que podría redactar su autobiografía comentada con humor/ Anticipa que se meterá en problemas. De nuevo será criticado, por ejemplo, cuando narre lo que pasó en Chile en 1978, donde el recibimiento fue increíble. Del aeropuerto al hotel, algo así como 17 kilómetros, había una fila de gente que quería verlo. En el hotel unas cuatro mil personas permanecían sin moverse con la esperanza de pedirle un autógrafo. Su equipo y él fueron a actuar a Viña del Mar y llenaron un estadio de fútbol con capacidad para 80.000 personas y también lo retacaron en dos ocasiones: por la mañana y por la tarde.

"Eso no lo había hecho nadie, nadie...", dice Gómez Bolaños. "Pensamos que qué dirían en México de nuestra hazaña. Pero nos criticaron; dijeron que éramos unos cínicos y descarados porque habíamos actuado en el escenario donde encerraron con represión a jóvenes y gente. Entonces yo digo: bueno, no puedo irme al Zócalo de la ciudad de México porque ahí fue la Decena Trágica... ¡Era estúpido, pero ese fue el comentario!".

Gómez Bolaños también contará sus contactos con otros muchos presidentes, no sólo de México sino de otros países latinoamericanos. Ah, y también sobre su tío, un hombre que cantaba y tocaba la guitarra: Gustavo Díaz Ordaz Bolaños Cacho, primo hermano de su mamá y presidente de México cuando la matanza de Tlatelolco fue presidente en 1968. Gómez Bolaños dice que desde que Díaz Ordaz fue presidente, marcó su distancia con él, y no lo volvió a ver. No le interesa defenderlo.

Habla sobre otros presidentes: "A Carlos Saúl Ménem lo conocí cuando ni él sabía quién sería. Nos tomaron una foto en una estación de radio o televisión. Iba con dos o tres amigos y dijo: "esta fotografía va a estar en la Casa Rosada". Sus amigos le dijeron: "¡Ay, sí tú...!". Para entonces no era candidato de su partido... aunque sí llegó a ser presidente. En Argentina no lo volví a ver, pero le mandé el recado de que la foto debería estar ahí. Y me mandó decir que sí... pero no sé.

"En Colombia hicimos una marcha enorme por toda la ciudad, invitados por la esposa del entonces presidente Julio César Turbay Ayala, Lidia o Nidia... ¡ya no me acuerdo! Quintero. Eran primos hermanos, por cierto. Ya se divorciaron. Fue una marcha desde las 9.30 de la mañana hasta las 6.30 de la tarde. Íbamos en camiones de bomberos. Parecía que ni nos movíamos... Al día siguiente fuimos a la casa de gobierno y ella llegó y me dijo "Roberto"... ¡Como si me conociera, pues órale! Hubo un discursito y tenía que contestarlo, pero cuando me tocó, tenía un bocadillo en la boca. Lo guardé en la bolsa y empecé a sentir que se me chorreaba. Todo el mundo estaba muerto de la risa... La primera dama me dijo que me veía algo molesto. Le dije que era porque tenía puesta corbata y no estaba acostumbrado. "Pues quítatela", me dijo. E hizo que todos los ministros, incluyendo al presidente Ayala, se quitaran la corbata".

Pero quizá uno de los presidentes con el que más se le asocia es Vicente Fox Quesada, actual mandatario mexicano. Y es que Gómez Bolaños fue uno de los poquísimos personajes del mundo artístico que lo apoyó durante su campaña. Hizo hasta spots llamando a votar por él.

Aun así no es su amigo. Se han visto de manera ocasional en sólo tres ocasiones. En un mitin en Cancún, un breve saludo en sus cuarteles generales de campaña, ubicados en un hotel de la ciudad de México, y durante la presentación del Plan Nacional de Desarrollo el 29 de Mayo del 2001, donde Gómez Bolaños acudió como invitado especial. Dice que a pesar de las críticas que recibe Fox, él sigue creyendo en su proyecto. Se lo ganó porque cree en su honestidad y le gustó que no fuera partidario del aborto. Es más: está de acuerdo con la aprobación de una muy controvertida reforma fiscal que promueve el gobierno. Cree que es necesaria aunque aceptará lo que el Congreso decida.

"Traté sin querer a muchos políticos", dice Gómez Bolaños. "Tengo una frase que hice hace como cuarenta años que mataba de risa a Emilio Azcárraga Milmo: "Qué tan fea será la palabra política que a una palabra tan bella, como madre, le añades política y se vuelve suegra". No me gusta la política, pero con la gente de Fox, carajo... se respira otra cosa. No digo que sean perfectos, pero tienen buenas intenciones... A lo mejor no tanta capacidad. No sé".

Los ojos de Gómez Bolaños se iluminan al hablar de Florinda Meza, quien está en el piso de arriba y baja a saludar al final de una larga entrevista de tres horas. Es mucho más delgada en persona que en televisión, una muy poco maquillaje y posee una capacidad para hablar pocas veces vista. En cuanto se une a la conversación, Gómez Bolaños enmudece. Parece estar de acuerdo en todo lo que ella dice. Se limita a sonreír, asentir, contribuir con una u otra frase. Ella le dice de cariño "Rober".

En ella Gómez Bolaños ha encontrado una verdadera pareja, dice. Le costó trabajo tomar la decisión de casarse con ella por su formación católica -aunque ya no practicante-. Se sentía, acepta, lleno de culpas.

"Creo que me enamoré inmediatamente de ella, pero de detenía. Uno, porque era casado, algo fundamental, y dos, porque ¡odio y detesto a la multitud de productores, porque son muchos, que ofrecen papeles a cambio de cama! Me parece la cosa más ruin del mundo. Guardé la barrera. Tanto que fueron seis o siete años después cuando sucedió lo bonito".

Tienen más de veinte años como pareja. Se apoyan en sus respectivos proyectos. Él no oculta su admiración por Florinda: la considera una mujer inteligente y culta y que además canta muy bien. COn ella, dice, puede platicar de todo, hasta de fútbol. "El riesgo enorme de las parejas es el aburrimiento. CUando uno se aburre... ¡en la chapa! El aspecto sexual primario es precioso, pero forzosamente se ablanda, disminuye, por lo menos. Yo era una cosita medio seria antes... pero a partir de Florinda soy fiel, fiel. No me hace falta nada".

Pese a lo dicho, Gómez Bolaños es y ha sido muy discreto con respecto a sus otros amores, por así decirlo. Nadie sabe nada al respecto.

Radar, suplemento dominical del periódico argentino Página 12, publicó un reportaje firmado por Sergio S. Olguín en el que dejan entrever que Gómez Bolaños pudo haber tenido u romance nada menos que con Marilyn Monroe. La supuesta evidencia estaba en un libro de fotografías con la diva donde aparece junto a un escritor de nombre Roberto Bolaño. Bajo la fotografía se hace referencia a un "amante mexicano" y una declaración de la diva en la que manifiesta que no le preocupaba estar "con el realizador de los peores programas mexicanos. Todo lo demás lo hace muy bien".

Gómez Bolaños demiente esta información vía su representante. También por medio de su esposa, en breve conversación telefónica. Ya sabían del rumor, pero no es cierto. Lo que pasa es que -dicen- existió un director de cine llamado precisamente así, Roberto Bolaño, quien dirigió algunas películas, entre ellas La Soldadera... Él sí fue amante de la Monroe. No Gómez Bolaños.

Meza acepta que el equívoco es común. Quizá por lo común del Gómez en México se lo saltan y lo llaman "el Señor Bolaños".

-Yo le digo que parece que es hijo de madre soltera- dice Meza de buena gana.

Gómez Bolaños se presume feminista. Siempre, dice, ha vivido rodeado de mujeres valerosas y cultas. Su madre y su tía, primero; ahora, sus hijas, su esposa. Es más: cree que de sus personajes. La Chimoltrufia sería una gran política. Y acepta que sus personajes femeninos siempre son más inteligentes que los masculinos.

Aun así, no cree en la competencia directa entre mujeres y hombres. "Me enoja eso. Quieren desfeminizarse, entonces me parece tonto. Que sigan siendo mujeres... y hombres. Muy diferentes. Cuando escucho que dicen que en el PRD (partido izquierdista de México) que quieren un 50% de mujeres... ¿que? ¿Tienen que cumplirse un porcentaje? A ver. El otro día leí que en el mundo hay algo así como 15 ó 20% de zurdos. Entonces ¿hay que buscar que en el Congreso haya esa cantidad proporcional? ¿Por qué discriminan a los zurdos? Creo que eso va más allá, independientemente de si se es hombre o mujer".

Veinticinco años de transmisiones. Al menos tres generaciones han crecido, reído, llorado con sus personajes. Han presenciado y se han dolido con la eterna búsqueda de una torta de jamón de ese huérfano que vive en un barril en medio de una vecindad llamado El Chavo. Han llorado de risa con las escenas de amor entre El Profesor Jirafales y Doña Florinda (viuda al igual que Don Ramón, el padre de La Chilindrina, quien siempre hacía berrinches), se han reído con las malogradas aventuras de El Chapulín Colorado.

Frases como: "No contaban con mi astucia", "Que no panda el cúnico"... han provocado duras críticas por parte de puristas del lenguaje. Pero al mismo tiempo, hasta Los Simpsons le hicieron una suerte de homenaje: en la televisión Lisa y Bart ven a un personaje basado en El Chapulín Colorado.

Ahora Chespirito y sus personajes podrían por primera vez volverse un verdadero negocio de merchandising. Su hijo varón, Roberto Gómez Fernández, el único que se dedicó a la producción de televisión, es una serte de guardián del legado paterno y se está encargando de eso. Gómez Fernández comenta que no hay día en que no llegue una propuesta para hacer algo con sus personajes. Lo mismo una compañía telefónica que productores de paletas, ropa, salones para fiestas infantiles temáticos en Argentina y hasta estudios como Hanna Barbera que se han interesado en producir una película. En promedio, calcula Roberto, son dos llamadas diarias, de lo más variopintas.

"Siento que El Chavo del Ocho puede ser el Mickey Mouse de Latinoamérica". dice Gómez Fernández. "En unos estudios americanos hicieron investigaciones del impacto de personajes ficticios. EL único que le gana es Mickey. El Chapulín Colorado está empatado con el Pato Donald".

Una de las preocupaciones que comparte con su padre es que se respete la esencia de los personajes. Actualmente buscan un socio, aunque asegura que lo más probable es que Televisa maneje junto con ellos la licencia de las creaciones de su padre. Una cosa importante, que no se ha hecho hasta ahora, es tener control sobre todo lo que se hace con los personajes. No ha habido criterio homogéneo.

"Mi sueño ideal es que esto pueda quedarse toda la vida", dice Gómez Fernández, "los personajes ya son clásicos, ya pasaron esa barrera. El interés comercial de mi padres es nulo. Vive en una colonia de clase media alta y su terreno debe medir unos 200 metros cuadrados. Siempre ha querido vivir de manera sencilla. No le interesa ganar un peso más. Aún así estamos trabajando en una película de animación tipo Toy Story con diseñadores mexicanos. Nos interesa hacerlo todo mexicano. Creo que el valor de sus personajes es como de una empresa transnacional, se puede explotar de esa forma".

A Roberto Gómez Bolaños, sin embargo, parece no importarle lo que suceda de su casa para afuera. Pese a las criticas se siente satisfecho de lo hecho... Meza le recuerda que es hora de irse, que se les hará tarde. Él asiente. Como buenos anfitriones, me acompañan hasta la puerta..., es hora de irse a una comida. La puerta de aluminio de la casa de la Calle de Porfirio Díaz se cierra. Tras él se queda, serio, un hombre que es parte de la educación sentimental de Latinoamérica. Nos guste... o no.

Fuente: Revista Gatopardo / Publicado en Agosto del 2001 por Katia D'Artigues

Sitio hecho en Costa Rica por Javier Portugués y Esteban Portugués C.

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