Entrevista a Chespirito
Chespirito visitará Colombia en la próxima Feria del Libro
El genio de la letra Ch
Estuvo a punto de no nacer. Su mamá, embarazada de pocas semanas, tomó unas pastillas para una gripa que resultaron tener efectos abortiv o s. Los médicos le anunciaron que perdería el hijo. Sin embargo él, con la terquedad de la que después haría gala, se negó a morir.
El 21 de febrero de 1929 nació Roberto Gómez Bolaños, el hombre que mejor ha usado la letra Ch: es Chespirito, el creador del Chapulín Colorado y del Chavo del 8; es Chómpiras, Chaparrón, el doctor Chapatín... Personajes que han llevado a este mexicano a la genialidad humorística y a ser referente imprescindible de tres generaciones de hispanoamericanos.
En un hogar de clase media de Ciudad de México, Gómez Bolaños creció con la presencia de su madre y la ausencia de su padre, que murió cuando él tenía 6 años. Estudió ingeniería y se debatió de joven entre las riñas callejeras (los cirujanos tuvieron que arreglarle tres veces la nariz) y las historias de amor. La falta de dinero en su casa lo llevó a buscar empleos que lo aburrían, hasta que leyó un aviso en el diario que decía:
"Se solicita aprendiz de productor de radio y televisión y aprendiz de escritor de lo mismo".
Aunque le ofrecieron la mitad de lo que ganaba, prefirió intentarlo que seguir yendo a diario a una fábrica de varillas. Empezó como libretista de programas de otros humoristas, como el famoso Capulina. En alguna ocasión, uno de sus jefes le dijo: “Eres como un pequeño Shakespeare”. En adelante comenzaron a llamarlo 'Shakespearito'. Luego nació el Chespirito que conocemos.
Sus personajes más conocidos, Chapulín, Chavo y compañía, nacieron en la década de los 70 y habitaron durante 25 años consecutivos los hogares latinoamericanos (todavía se ven en repetición). Llegaron en otros idiomas a más de diez países, atiborraron estadios, recibieron cientos de homenajes y recientemente se estrenaron en una serie animada.
Acaba de cumplir 78 años y de superar una furiosa neumonía. Sin embargo, no se queda quieto. Vendrá a Bogotá en abril a la Feria del Libro a presentar sus memorias, 'Sin querer queriendo'. Su voz en el teléfono, desde su casa en Ciudad de México, denota el paso del tiempo, el exceso de cigarrillo, pero sigue teniendo ese tono que se hizo familiar con frases como Lo sospeché desde un principio.
Usted cuenta que su papá tenía grandes capacidades histriónicas. ¿De él heredó el talento que le conocemos?
De actuación, probablemente sí. Pero en la escritura influyó más mi mamá. Mi padre murió cuando yo era niño. Así que mi madre fue mi amiga, mi confidente, mi mentora. Papá actuaba a escondidas. En aquel tiempo era malísimo que las personas que llamaban decentes (no sé por qué), subieran al escenario.
Empezó escribiendo libretos para otros humoristas, como Viruta y Capulina. ¿Qué importancia tuvo esa etapa?
Me dio a conocer. Tomé el programa de Capulina cuando existía sólo en radio y durante 15 minutos a la semana. Luego se alargó a media hora, pasó a televisión y ocupó el primer lugar de sintonía. Me abrió el mercado como escritor.
Desde el principio sus libretos tuvieron éxito. ¿Qué leía, de qué se nutría para escribirlos?
Yo leía y leo de todo. Pero no con intención de nutrir mi trabajo, sino porque me ha gustado siempre. Por regla general, leo todo menos novela. Historia, divulgación científica, artística.
¿Leía Shakespeare, de quien viene su sobrenombre?
Mucho, aunque nunca vi sus obras en teatro. Admiro su creatividad. Es un artista grandísimo.
La primera vez que le ofrecieron actuar, usted dijo: "¿Hacer el ridículo? ¡Jamás!" ¿Cuándo venció el miedo escénico?
Nunca lo vencí. Me ayudó el público. Pero toda la vida, en el momento de entrar al escenario, yo traía arraigado el miedo. Lo perdía rápidamente con la primera reacción positiva del público. Eso me ayudaba a diluirlo, pero lo tenía.
No temía, en cambio, enfrentarse a golpes de joven. Usted ha dicho que se debía al deseo de romper el complejo de inferioridad, por ser bajito.
Sí. Hoy, en la recapacitación que he hecho con los años, me arrepiento de haberme peleado, sobre todo tanto. Alguna vez quizás fue necesario... Y me arrepiento tanto de las veces en que gané como cuando perdí. Fui boxeador amateur, y eso tampoco se lo recomiendo a nadie. Si se analiza, el boxeo es seguir con lo que hacían en el circo romano.
También intentó el camino del fútbol.
Yo quería ser futbolista. Ahora tengo también un problema con el fútbol, pero no con el deporte en sí, sino con la manera en que ha ido degenerando. Ya hay que llamarlo handball: se usan más las manos que los pies. Pero fue mi gran fascinación. Tengo dentro de mis héroes al Pibe Valderrama, que es de ustedes.
Como Chespirito, empezó en televisión con el programa 'Los supergenios de la mesa cuadrada', que resultó ser el germen de sus otros personajes.
Ese programa fue una apertura muy importante. La mesa cuadrada (parodia de las mesas redondas donde expertos responden a inquietudes del público) se hizo muy popular. Ahí ya estaba yo como el doctor Chapatín, y Rubén Aguirre haciendo de Profesor Jirafales. Luego, con El Chavo, le cambié algunas características: lo volví un profesor honesto, recto, aunque con el genio de siempre.
Luego le dio vida al Chapulín Colorado.
Guardadas las debidas proporciones, así como Cervantes escribió El Quijote como réplica a la abundancia de novelas de caballería, a mí me tocó, y a todos, la abundancia de Supermanes, Hombres Araña y cosas de esas. Yo quería hacer un héroe que fuera latinoamericano, que careciera de la fuerza, el ingenio y el poder que tenían aquellos, pero que fuera valiente. Él le tenía un miedo enorme a todo, pero se enfrentaba. Y ese es el héroe: no el que carece de miedo, sino el que lo supera.
Usted ofreció el papel de Chapulín a otros comediantes y lo rechazaron. ¿Por qué?
No me imagino. Pensarían que no tendría caso, que en él no habría humorismo. Dijeron que no. Y entre esos había dos o tres humoristas muy conocidos, que no voy a nombrar.
Al Chapulín lo tenía muy bien armado, en cambio El Chavo nació como por casualidad.
Sí, mientras la creación de El Chapulín fue fríamente calculada, la de El Chavo fue improvisada. Se fue Rubén Aguirre, que hacía conmigo el sketch de Los Chifladitos. Y yo tuve que cambiar, no al actor, porque cambiar al actor en este tipo de programas no funciona. Debía buscar un nuevo sketch. Entonces me salió el Chavo. Fui añadiendo personajes y haciendo más notorio el carácter de cada uno. Cuando se tiene eso, ya casi se van escribiendo solos. Casi, ¿eh?
Usted protagonizaba, pero no les quitaba importancia a los otros. A veces tuvieron más.
Como escritor yo había notado el celo que mostraba la gran mayoría de comediantes por el compañero, para que el otro no se luciera más. Me parecía una tontería. A mí me estorbaría el compañero que no se lucía. Pero el que se luciera, bienvenido. Auspicié eso.
Como el Chavo, dejaba en claro que era un adulto haciendo de niño.
La primera vez que apareció El Chavo yo acababa de cumplir 42 años. Tenía que decir: soy un adulto haciendo el papel de un niño. Nunca intenté que lo fuera. Hoy veo actrices y actores que pretenden ser jovencitos y tienen más de 50 años. Eso no se puede.
Recreó una vecindad con lujo de detalles, aunque nunca vivió en un espacio así.
No viví, pero nosotros teníamos en ese tiempo una democracia de la amistad muy bonita. Tenía amigos muy ricos, medianos (como yo) y muy pobres. El repartidor de periódicos, el de carne, eran amigos míos y solía ir a sus casas.
¿De todos sus personajes, Chómpiras es su preferido?
Sobre todo por lo ameno que era grabarlo. En primer lugar, era un personaje que se acercaba más a mi edad. No era ni lo joven del Chavo, ni el viejito Chapatín, tampoco el superhéroe que era el Chapulín. Se adecuaba más a mí y decía cosas que me hubiera gustado decir y nunca me atreví. Ese no hacer caso, no acomodarse... Estaba a su lado Florinda Mesa, como Chimoltrufia, que era fascinante. Ha sido el personaje femenino más gracioso que he visto.
Florinda Mesa, Doña Florinda, ha sido además su compañera y esposa.
Ha sido mi gran inspiración. Mi esposa, mi confidente. Llevamos juntos 30 años. Una actriz excelente. Bailaba muy bien, ahora ya está más grande, pero sigue cantando delicioso.
Muchos de sus compañeros se fueron yendo, unos por cuestiones personales, otros porque murieron. ¿Cómo vivía esa ausencia?
Dependía de las circunstancias. El primero en irse fue Carlos Villagrán (Quico) y nunca regresó. Quiso tener su show personal. Era algo legítimo, pero no lo logró. Luego se fue Rubén Aguirre, pero regresó. Después se fue María Antonieta de las Nieves (Chilindrina), cuando le ofrecieron un estelar en otro canal. Ganaba más allá, pero la popularidad la tenía con nosotros. Murieron Raúl el 'Chato' Padilla (Jaimito, el cartero), Angelines Fernández (la bruja del 71), mi hermano Horacio (que interpretaba a Godínez).
Y Don Ramón
Ramón Valdés se había ido con Carlos Villagrán y regresó. Después se volvió a retirar sin que yo supiera por qué. Ramón era difícil en ese sentido, un poco irresponsable. Excelente actor. Para mí, el comediante que más me ha hecho reír en mi vida. Pero ya no regresó, y falleció en Acapulco.
¿Qué sentía cuando actores como Villagrán y De las Nieves se iban y, además, lo demandaban por cuenta de la autoría de los personajes?
Me dolía cuando se iban, pero les deseaba la mejor de las suertes. Aunque suerte no tuvieron. Me hacían falta. La trama del programa requería su presencia. Si se iban, me limitaban y debía echar mano de otra clase de recursos.
¿Cómo vivió el final del Chavo y del Chapulín, fue difícil desprenderse de ellos?
Difícil, pero valiente. Primero acabé el Chavo. Sabía que era un adulto que hacía de niño, pero cada vez yo era más adulto. Eso no era conveniente. Por otro lado, yo había sido muy deportista, lo que me facilitaba interpretar al Chapulín. Pero con el tiempo perdí esas facultades. Siempre he criticado a quienes se aferran a los pasados gloriosos. Decidí hacer otras cosas. Hoy estoy escribiendo.
Pero sus creaciones siguen viéndose en repetición. ¿Cómo explica la dimensión que lograron sus personajes?
Es algo que, sin falsa humildad, sigue asombrándome. Me encuentro con gente que me dice 'yo te veía, luego mis hijos, luego mis nietos'. Otros me dicen: 'yo crecí contigo'. Y les advierto que el único que no creció fui yo... Es algo que no asimilo. Lo agradezco a Dios, a la vida, al público, pero no lo comprendo.
Usted nunca quiso pasar El Chavo al cine, pero ahora lo vemos en serie animada. ¿Cómo le ha parecido?
Lo que me han dicho, magnífico. Fui una vez al lugar donde se hace y me encontré con que participa mucha gente joven. Me encanta eso. También vi que hoy existe un montonal de técnicas envidiables. Yo tenía que hacer trucos, sobre todo con el Chapulín Colorado, que ahora se pueden hacer con facilidad. Pero de eso se encarga mi hijo, y no puedo dar un testimonio muy completo. Estoy a la espera de la segunda temporada.
¿Cómo ve el humor actual?
He visto poco. No entiendo muy bien, y no me agrada, el libertinaje que se ha desatado, sobre todo en el lenguaje. No lo critico; incluso creo que así hablamos todos en la calle, en el hogar. Pero la falta de ingenio sí me molesta.
Vuelve a Bogotá después de muchos años... ¿Viene con doña Florinda, su esposa?
Claro, va conmigo. Conozco un buen número de ciudades de Colombia, y tengo muchas ganas de volver. Me encanta. Ojalá en la capital mexicana se hiciera lo que me han platicado que han hecho en Bogotá en estos últimos años. Una vez fui a Bogotá y me dieron las llaves de la ciudad, pero creo que cambiaron las chapas, ¿eh?
Realizada en Marzo del 2007
Enviada por Juan Pablo Martínez, de Colombia








